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El emperador Adriano (76-138 d.C.) nació en Roma, de ascendencia hispana, sucedió al emperador Trajano y gobernó el imperio entre el 117 y el 138 d.C. Muy viajero y con fama de pacífico –detuvo el expansionismo de Trajano-, sin embargo durante su reinado se reprimió la revuelta judía, con un saldo de medio millón de muertos entre los judíos.
Dos significativos monumentos romanos son huellas de su vida y de su muerte: el Castello di Sant’Angelo (construido sobre su mausoleo) y el Panteón de Agripa (reedificado por su mandato).
El libro de Birley es una biografía estrictamente académica, minuciosa, positivista. Está bien escrita –y traducida– y supone un alarde en el uso de las fuentes literarias, epigráficas y numismáticas. Birley no hace ninguna concesión a la ficción literaria (cuyo paradigma son las Memorias de Adriano, de Margarita Yourcenar) ni se adentra en el análisis psicológico en que se prodigara el Tiberio de Marañón.
La principal dificultad que presenta esta biografía la encontramos en el subtítulo (que no aparece en la edición original): “La biografía de un emperador que cambió el curso de la historia”. En efecto, el lector que ansía descubrir en el libro en qué medida Adriano cambió el curso de la historia, cierra las páginas sin saberlo. El subtítulo abre expectativas que no colma en absoluto.
César, Augusto, Constantino sí podríamos decir que cambiaron el curso de la historia. Pero, ¿Adriano? De las páginas de Birley emerge un personaje filohelénico, trabajador, viajero, preocupado por la fortificación del imperio y el perfeccionamiento del ejército, de psicología compleja, como evidencia su estrambótica promoción del culto del joven Antinoo, amado suyo y ahogado en el Nilo. En definitiva un emperador que mantiene un estatus político pero que no hace grandes innovaciones. No parece que Adriano haya suscitado grandes pasiones, ni entre sus contemporáneos, ni entre los lectores de Birley, salvo, claro está, en Margarita Yourcenar. Porque a Julio César se le puede amar u odiar, pero no deja indiferente. Octavio Augusto sentó las bases de un imperio que iba a sobrevivirle quinientos años. Constantino detuvo la persecución contra la Iglesia, que, a su vez, asentaría en las dos centurias siguientes las bases de la continuidad de la cultura occidental y del nacimiento de Europa. ¿Y Adriano?
El análisis pormenorizado de la arqueología numismática permite, por ejemplo, a Henri Pirenne concluir en Mahoma y Carlomagno que el colapso del Mediterráneo y el desplazamiento del epicentro europeo al norte no se produjeron por la caída de Roma sino por la invasión islámica. De la arqueología numismática de Birley esperaríamos conclusiones de más altos vuelos. Como afirma el escritor Fernando R. Genovés la biografía de Adriano “en manos de Birley sería, algo así, como una Vita Hadriani de la Historia Augusta o un capítulo de la Historia de Roma de Dion Casio en versión extendida, con muchísima más información que en su tiempo y con los testimonios y medios que proporciona la perspectiva del presente. Algo así como un informe pericial, para decirlo más claro”.