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jueves, 11 de agosto de 2011

Itinerarios literarios (I)


Amor: búsqueda y encuentro.
Cantar de los cantares (Biblia)
Cántico espiritual (San Juan de la Cruz)
El amor es uno de los temas más presentes en la literatura. No podía ser de otro modo, pues el hombre ha sido creado por amor y para amar. Tal es la fuerza del amor, que está personalizado en las literaturas griega y romana (Eros y Cupido), Virgilio afirmó que omnia vincit amor y San Juan escribió Deus caritas est. (Obviamente amor es un término análogo: no decimos siempre lo mismo). El amor puede ser paterno-materno, filial, fraterno, esponsal, erótico… El amor más presente en la literatura es el que se da entre hombre y mujer, en sus diversas manifestaciones y situaciones.
Conocemos el nombre de la persona amada de bastantes escritores y, sobre todo, de sus personajes. Famosa es la Beatriz de Dante, la Laura de Petrarca o la Dulcinea de don Quijote; por no hablar de la Lesbia de Catulo o la Cintia de Propercio. Los personajes reales se transforman en literarios, siendo difícil a menudo saber qué pertenece a la mujer real y qué a la idealizada –o denostada, pues a veces el sentimiento más vecino al amor es el odio-. La conversión de la persona en personaje se traduce con frecuencia en el cambio de nombre: es lo que sucede con la Lesbia catuliana, Clodia en la vida real. En el caso de Dulcinea, nos encontramos ante la idealización de un personaje literario. Es decir, la Aldonza Lorenzo de existencia novelesca se transforma por voluntad de don Quijote en Dulcinea. Naturalmente, la voz del enamorado puede ser masculina o femenina. En la lírica medieval, por ejemplo, la voz poética pertenece con frecuencia a una joven.
Las posibilidades de las relaciones amorosas son numerosas: amor obstaculizado por los padres (Píramo y Tisbe; Romeo y Julieta…); amado rechazado por la amada (Apolo y Dafne); enamorado que busca los servicios de una alcahueta para conseguir sus objetivos (Calixto y Melbea); amada que salva a su enamorado, en el sentido más profundo del término (Beatriz y Dante; Laura y Petrarca; Sonia y Raskolnikov); esposa que espera a su esposo contra toda esperanza (Penélope y Ulises); amado que abandona a su enamorada (Dido y Eneas), etcétera.
Las dos obras que abordamos aquí son paradigmáticas de la búsqueda y el encuentro de los enamorados. Hay una búsqueda más o menos recíproca, más o menos sufriente, pero hay un final feliz. El encuentro definitivo precisa una conquista, un cortejo si se quiere, una superación de obstáculos.
El Cantar de los Cantares es un libro de la Biblia atribuido al Rey Salomón, hijo del Rey David, que vivieron en torno al año 1000 antes de Cristo. Es un poema breve, en que sobre todo la esposa o amada anhela el encuentro con su amado o esposo.
2.500 años después, el español San Juan de la Cruz, uno de los poetas más intensamente líricos de la historia, escribió su Cántico espiritual que se inspira en el Cantar de los Cantares. Como la Biblia es un libro esencialmente religioso y San Juan de la Cruz es un poeta místico, ambas obras pueden leerse en dos planos: el literal-humano y el alegórico-religioso. Estas obras son paradigmáticas de los dos sentidos básicos del lenguaje humano: el literal y el figurado. Esta característica no es exclusiva del lenguaje literario, aunque en él sea más evidente: el significado de las palabras va más allá de su sentido estricto, etimológico.
La historia de la literatura no es un conjunto de islotes, sino una serie de constelaciones. La historia de la literatura, como la de la humanidad, es la narración del flujo constante de la tradición y de la innovación. Todo gran escritor tiene una personalidad bien definida, una idiosincrasia: es un creador, y como tal ha hecho algo nuevo, único. Pero por eso mismo, todo escritor suele nacer de una tradición. Salvo el universo, nada surge de la nada.
En la constelación de la poesía amorosa y, en concreto, de la poesía en la que dos enamorados se buscan, se anhelan, se encuentran y gozan, hay dos puntos muy luminosos: el Cantar de los Cantares y el Cántico espiritual.