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lunes, 28 de julio de 2014

Plegaria de la buena muerte

Ahora que la muerte no está lejos
(la verdad es que siempre estuvo cerca),
y me hace cada vez más carantoñas,
me acuerdo -porque truena-, de los Dioses
de mi infancia, los Dioses de mis padres,
para pedirles una buena muerte.
Y me acuerdo de uno, sobre todo,
que son tres (como el Corum de Mike Moorcock):
aquel Anciano de tan mal carácter
que presidía el Viejo Testamento,
el guapo Mozo al que crucificaban
en el Nuevo, y el Pneuma o Santo Espíritu,
que los funde y congrega en la Paloma
que corona la frente del Anciano.
Señor de mi niñez, aunque no existas
(¿existo acaso yo?), quiero pedirte
por escrito, con pólizas y sellos,
que el terrible momento de mi tránsito
a las estrellas (o al ardiente Tártaro)
sea apacible y suave, sin dolores;
que me vaya a la luz (o a la tiniebla)
sin estridencias y sin dar la lata,
después de haberme puesto a bien contigo
y con toda mi gente. Sé que hay muchas
variables que pueden influir
en el momento de morirse uno,
casi siempre molestas y angustiosas,
y que no puedes darle a todo quisque
una muerte benéfica y serena.
Sé, además, que no soy un buen cristiano
y que tengo problemas de empatía
con los desheredados de este mundo.
Pero, a pesar de todo, te lo pido,
amparado en la fe de mis mayores,
en mi proverbial jeta y en la hondura
infinita de tu misericordia:
dame una buena muerte, sé benévolo
conmigo en ese trance, por favor.

Luis Alberto de Cuenca

 

jueves, 24 de julio de 2014

Virgilio en la iconografía dantiana y quijotesca

Homero inspira a Virgilio, pero Virgilio no cita a Homero en la Eneida. La presencia de Homero y sus obras en la Eneida es implícita, no explícita. Virgilio inspira la Divina Comedia de Dante. Y Dante no solo cita a Virgilio, sino que lo convierte en personaje importante de su obra. En realidad, Dante atraviesa el umbral de su poema y aparece como personaje. La inspiración literaria de Virgilio en Dante se escenifica en la relación entre el poeta latino y el toscano en el propio poema, donde Virgilio es guía de Dante.
Dada la presencia explícita de Virgilio en la Divina Comedia, es natural que se muestre abundantemente en la iconografía del poema.

 "Entonces se puso en marcha y yo seguí detrás de él". Infierno, canto I.


"Tan perdidos somos que es nuestra condena vivir sin esperanza en el deseo". Infierno, canto IV.


"De este modo vi reunida la hermosa compañía de aquel príncipe del sublime canto, que vuela como el águila". Infierno, canto IV.


"Poeta, quisiera hablar a aquellas dos, que van juntas y parecen más ligeras con el viento". Infierno, canto V.


"Amor nos condujo a la misma muerte: Caína espera al que nos arrancó la vida". Infierno, canto V.


"Me contestó: "Tu ciudad, tan llena hoy de envidiaque ya colma la medida, me vio en su seno en vida más serena. Vosotros, los ciudadanos, me llamasteis Ciacco"". Infierno, canto VI.



Virgilio está también presente en el Quijote: implícita y explícitamente. Recordemos las referencias explícitas.
Pero Virgilio no es un personaje de la novela, no está personificado. Es difícil que Virgilio aparezca en la iconografía quijotesca. Examinemos los grabados de Doré. Hay una buena selección y reproducción de las imágenes en Gustavo Doré, Ilustraciones. Grandes obras, Edimat, Madrid, 2012. Gustavo Doré (1832-1883), ilustró muchos textos. Los que a nosotros nos interesan son la Divina Comedia (1861), y el Quijote (1863).



Esta lámina ilustra el capítulo I de la primera parte del Quijote, en que leemos: "Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo". Aquí no está Virgilio explícitamente, pero sí todos los libros que han influido en Alonso Quijano. Y sabemos que leyó a Virgilio: "—Si mal no me acuerdo, yo he leído en Virgilio aquello del Paladión de Troya, que fue un caballo de madera que los griegos presentaron a la diosa Palas, el cual iba preñado de caballeros armados, que después fueron la total ruina de Troya; y, así, será bien ver primero lo que Clavileño trae en su estómago". (II, 41). Declaración de la que procede el título de este blog.



I, 18: "Esto diciendo, se entró por medio del escuadrón de las ovejas y comenzó de alanceallas con tanto coraje y denuedo como si de veras alanceara a sus mortales enemigos". ¿Está aquí Virgilio? No, pero es un pasaje que satiriza la épica, madre de las caballerías.



I, 32: "y este Diego García de Paredes fue un principal caballero, natural de la ciudad de Trujillo, en Estremadura, valentísimo soldado, y de tantas fuerzas naturales, que detenía con un dedo una rueda de molino en la mitad de su furia, y, puesto con un montante en la entrada de una puente, detuvo a todo un innumerable ejército, que no pasase por ella". Este pasaje es interesante porque plantea la distinción entre hazañas históricas e inventadas.

"Don Quijote, atado de la mano por Maritornes. Primera parte, capítulo 42", leemos en el Doré de Edimat (p. 40). Pero la escena es del capítulo siguiente, el 43. Este episodio se ha relacionado con la leyenda medieval de Virgilio.

lunes, 21 de julio de 2014

"La venganza que tomó del ciego" y otros sonetos


Muerto me lloró el Tormes en su orilla,
En un parasismal sueño profundo,
En cuanto don Apolo el rubicundo
Tres veces sus caballos desensilla.

Fue mi resurrección la maravilla
Que de Lázaro fue la vuelta al mundo,
De suerte que ya soy otro segundo
Lazarillo de Tormes en Castilla.

Entré a servir a un ciego, que me envía,
Sin alma vivo, y en un dulce fuego,
Que ceniza hará la vida mía.

¡Oh qué dichoso que sería yo luego,
Si a Lazarillo le imitase un día
En la venganza que tomó del ciego!

Luis de Góngora

AL DUQUE DE FERIA, DE LA SEÑORA DOÑA CATALINA DE ACUÑA

Oh marinero, tú que, cortesano,
Al Palacio le fías tus entenas,
Al Palacio Real, que de Sirenas
Es un segundo mar napolitano,

Los remos deja, y una y otra mano
De las orejas las desvía apenas;
Que escollo es, cuando no sirte de arenas,
La dulce voz de un serafín humano.

Cual su acento, tu muerte será clara
Si espira suavidad, si gloria espira
Su armonía mortal, su beldad rara.

Huye de la que, armada de una lira,
Si rocas mueve, si bajeles para,
Cantando mata al que matando mira.

1609
Góngora y Argote, Luis de

Las tablas del bajel despedazadas
(Signum naufragii pium et crudele),
Del tempio sacro, con le rotte vele,
Ficaraon nas paredes penduradas.

Del tiempo las injurias perdonadas,
Et Orionis vi nimbosae stellae
Raccoglio le smarrite pecorelle
Nas ribeiras do Betis espalhadas.

Volveré a ser pastor, pues marinero
Quel Dio non vuol, che sol suo strale sprona
Do Austro os assopros e do Oceám as agoas;

Haciendo al triste son, aunque grosero,
Di questa canna, già selvaggia donna,
Saudade a as feras, e aos penedos magoas.

jueves, 10 de julio de 2014

Manifiesto de UNIVERSITAS

La universidad surge como un ayuntamiento de docentes y discentes en torno a los libros. Los docentes son también discentes porque han de aprender de los maestros ausentes pero presentes en los libros.

Los elementos esenciales de la universidad son los docentes, los discentes, la biblioteca, las aulas y el claustro. El claustro es punto de encuentro entre docentes y discentes fuera de las aulas. El claustro existe porque la universidad nace en torno a monasterios y catedrales, ámbitos cristianos donde se cree que el hombre puede conocer la verdad, si no completa, sí en parte, sobre Dios, el ser humano y el mundo. Solo si puede accederse a la verdad, vale la pena buscarla.

Siglos después, las universidades en su mayor parte, se han convertido en estructuras funcionariales, fábricas de títulos, reinos de taifas, aparatos burocráticos. La producción en cadena, el estatalismo asfixiante, los discursos del método, el culto a los procesos, la conversión del estamento administrativo en nueva aristocracia, la metamorfosis del alumno en cliente, etcétera, son enormes bosques que impiden ver el árbol originario: docente que debate con discente en torno al libro.

La universidad ha muerto al transformarse en colegios, escuelas, fábricas de títulos. El proceso de descomposición se ha acelerado en los últimos años, en los que, en no pocos casos, el nivel de las aulas ha descendido al de la atigua educación general básica.

La universidad medieval, heredera de la academia platónica y del liceo aristotélico, es un espacio de investigación, de lectura, de debate interdisciplinar. La universidad es una entidad que se enfrenta a la caverna de los tópicos, que busca la ciencia, que fustiga las apariencias, critica con el poder político y la opinión pública.

Docentes y discentes en torno a los libros. Eso era la universidad. Eso es UNIVERSITAS.




sábado, 5 de julio de 2014

Carta desde mi celda (IV y IX): todo lo que no es nuevo se menosprecia

Cuando no se conocen ciertos períodos de la historia más que por la incompleta y descarnada relación de los enciclopedistas, ó por algunos restos diseminados como los huesos de un cadáver, no pudiendo apreciar ciertas figuras desasidas del verdadero fondo del cuadro en que estaban colocadas, suele juzgarse de todo lo que fué con un sentimiento de desdeñosa lástima ó un espíritu de aversión intransigente; pero si se penetra, merced á un estudio concienzudo, en algunos de sus misterios, si se ven los resortes de aquella gran máquina que hoy juzgamos absurda al encontrarla rota, si, merced á un supremo esfuerzo de la fantasía ayudada por la erudición y el conocimiento de la época, se consigue condensar en la mente algo de aquella atmósfera de arte, de entusiasmo, de virilidad y de fe, el ánimo se siente sobrecogido ante el espectáculo de su múltiple organización, en que las partes relacionadas entre sí corespondían perfectamente al todo, y en que los usos, las leyes, las ideas y las aspiraciones se encontraban en una armonía maravillosa. No es esto decir que yo desee para mí ni para nadie la vuelta de aquellos tiempos. Lo que ha sido no tiene razón de ser nuevamente, y no será.


 Lo único que yo desearía es un poco de respetuosa atención para aquellas edades, un poco de justicia para los que lentamente vinieron preparando el camino por donde hemos llegado hasta aquí, y cuya obra colosal quedará acaso olvidada por nuestra ingratitud é incuria. La misma certeza que tengo de que nada de lo que desapareció ha de volver, y que en la lucha de las ideas, las nuevas han herido de muerte á las antiguas, me hace mirar cuanto con ellas se relaciona con algo de esa piedad que siente hacia el vencido un vencedor generoso. En este sentimiento hay también un poco de egoísmo. La vida de una nación, á semejanza de la del hombre, parece como que se dilata con la memoria de las cosas que fueron, y á medida que es más viva y más completa su imagen, es más real esa segunda existencia del espíritu en lo pasado, existencia más preferible y positiva tal vez que la del punto presente. Ni de lo que está siendo ni de lo que será, puede aprovecharse la inteligencia para sus altas especulaciones: ¿qué nos resta pues, de nuestro dominio absoluto, sino la sombra de lo que ha sido? Por eso al contemplar los destrozos causados por la ignorancia, el vandalismo ó la envidia durante nuestras últimas guerras; al ver todo lo que en objetos dignos de estimación, en costumbres peculiares y primitivos recuerdos de otras épocas, se ha extraviado y puesto en desuso de sesenta años á esta parte; lo que las exigencias de la nueva manera de ser social trastornan y desencajan; lo que las necesidades y las aspiraciones crecientes desechan ú olvidan, un sentimiento de profundo dolor se apodera de mi alma, y no puedo menos de culpar el descuido ó el desdén de los que á fines del siglo pasado pudieron aún recoger para trasmitírnoslas íntegras las últimas palabras de la tradición nacional, estudiando detenidamente nuestra vieja España, cuando aún estaban de pie los monumentos testigos de sus glorias, cuando aún en las costumbres y en la vida interna quedaban huellas perceptibles de su carácter.
 Pero de esto nada nos queda ya hoy; y sin embargo, ¿quién sabe si nuestros hijos á su vez nos envidiarán á nosotros, doliéndose de nuestra ignorancia ó nuestra culpable apatía para trasmitirles siquiera un trasunto de lo que fué un tiempo su patria? ¿ Quién sabe si cuando con los años todo haya desaparecido, tendrán las futuras generaciones que contentarse y satisfacer su ansia de conocer el pasado con las ideas más ó menos aproximadas de algún nuevo Cuvier de la arqueología, que partiendo de algún mutilado resto ó una vaga tradición lo reconstruya hipotéticamente? Porque no hay duda: el prosaico rasero de la civilización va igualándolo todo. Un irresistible y misterioso impulso tiende á unificar los pueblos con los pueblos, las provincias con las provincias, las naciones con las naciones, y quién sabe si las razas con las razas. A medida que la palabra vuela por los hilos telegráficos, que el ferrocarril se extiende, la industria se acrecienta, y el espíritu cosmopolita de la civilización invade nuestro país, van desapareciendo de él sus rasgos característicos, sus costumbres inmemoriales, sus trajes pintorescos y sus rancias ideas. A la inflexible línea recta, sueño dorado de todas las poblaciones de alguna importancia, se sacrifican las caprichosas revueltas de nuestros barrios moriscos, tan llenos de carácter, de misterio y de fresca sombra; de un retablo al que vivía unida una tradición, no queda aquí más que el nombre escrito en el azulejo de una bocacalle; á un palacio histórico con sus arcos redondos y sus muros blasonados, sustituye más allá una manzana de casas á la moderna; las ciudades, no cabiendo ya dentro de su antiguo perímetro, rompen el cinturón de fortalezas que las ciñe, y unas tras otras vienen al suelo las murallas fenicias, romanas, godas ó árabes.
 ¿Dónde están los canceles y las celosías morunas? ¿Dónde los pasillos embovedados, los aleros salientes de maderas labradas, los balcones con su guarda-polvo triangular, las ojivas con estrellas de vidrio, los muros de los jardines por donde rebosa la verdura, las encrucijadas medrosas, los carasoles de las tafurerías y los espaciosos atrios de los templos? El albañil, armado de su implacable piqueta, arrasa los ángulos caprichosos, tira los puntiagudos tejados ó demuele los moriscos miradores, y mientras el brochista roba á los muros el artístico color que le han dado los siglos, embadurnándolos de cal y almagra, el arquitecto los embellece á su modo con carteles de yeso y cariátides de escayola, dejándolos más vistosos que una caja de dulces franceses. No busquéis ya los cosos donde justaban los galanes, las piadosas ermitas albergue de los peregrinos, ó el castillo hospitalario para el que llamaba de paz á sus puertas. Las almenas caen unas tras otras de lo alto de los muros y van cegando los fosos; de la picota feudal sólo quedan un trozo de granito informe, y el arado abre un profundo surco en el patio de armas. El traje característico del labriego comienza á parecer un disfraz fuera del rincón de su provincia; las fiestas peculiares de cada población comienzan á encontrarse ridiculas ó de mal gusto por los más ilustrados, y los antiguos usos caen en olvido, la tradición se rompe y todo lo que no es nuevo se menosprecia.


viernes, 4 de julio de 2014

Es el soneto la más hermosa composición

Fernando de Herrera, en sus anotaciones a las obras de Garcilaso(2), dice: «Es el soneto la más hermosa composición y de mayor artificio y gracia de cuantas tiene la poesía italiana y española. Sirve en lugar de los epigramas y odas griegas y latinas, y responde a las elegías antiguas en algún modo; pero es tan extendida y capaz de todo argumento que recoge en sí sola todo lo que pueden abrazar estas partes de poesía sin hacer violencia alguna a los preceptos y religión del arte; porque resplandecen en ella con maravillosa claridad y lumbre de figuras y exornaciones poéticas la cultura y propiedad, la festividad y agudeza, la magnificencia y espíritu, la dulzura y jocundidad, la aspereza y vehemencia, la conmiseración y afectos y la eficacia y representación de todas. Y en ningún otro género se requiere más pureza y cuidado de lengua, más templanza y decoro, donde es grande culpa cualquier error pequeño, y donde no se permite licencia alguna ni se consiente algo que ofenda las orejas, y la brevedad suya no sufre que sea ociosa o vana una palabra sola.»

jueves, 3 de julio de 2014

Todos los disparates hacen fortuna

Menéndez Pelayo: Estudios de crítica histórica y literaria, Volumen III, Espasa-Calpe Argentina, Buenos Aires, 1944, 53.

martes, 1 de julio de 2014

Dámaso Alonso: La poesía de Heine. Obras completas, IV, Gredos, 1975.

31: "Aun en los criterios estéticos y literarios es necesario convivir, que es, sin compartirlo, comprender el punto de vista de los contrarios".

34: Menéndez Pelayo: "Educado yo en la contemplación de la poesía como escultura, he tardado en comprender la poesía como música". 

59: Nuestro arte de toda la primera mitad del siglo XX procede, evidentemente, del non serviam estético del Romanticismo. 

62: Fray Luis de León: "dolor humano, fallido anhelo de goce beatífico, protesta contra la injusticia y la opresión".

63: Quevedo "es una de las mayores condensaciones de dolorida hombría, profundidad de pensamiento y capacidad de expresión que la Humanidad ha producido".